Un tren de vuelta, Madrid-Murcia, volvemos de nuestro fin de semana en Galicia... Ya queda poco para pisar tierra firme y que todo pase a ser un sueño, como ocurre con los buenos viajes.
La maleta volvía repleta con doscientos chupachups, mi amiga y yo decidimos que era una carga demasiado pesada para volver a guardarlos... entonces es cuando nos ponemos en marcha, como el tren, con las manos repletas de chupachups empezamos a recorrer todos los vagones, desde el primero al último...
Notas cómo sacas a los pasajeros de su ensimismamiento, de su libro, trabajo, música, vigilia... Sientes cómo levantan la mirada y cogen el chupachups que les estás regalando, un grupo de adolescentes te hacen una ovación y uno de ellos se arrodilla en el suelo haciendo reverencias. Un señor mayor dice que él no necesita chupachups, finalmente se lo guarda en el bolsillo de la camisa. Una señora nos pide otro para su nieto... Un niño de unos cuatro años que estaba desesperado no tardó ni tres segundos en abrirse el chupachups.
Según avanzábamos por el tren más sonrisas inesperadas y miradas dulces conseguíamos... Y esa sensación de que estaba funcionando.
Acabamos en el vagón junto a la cafetería repelando hasta el último chupachups, quedando dos para nosotras. Empezamos nosotras también a comernos nuestros chupachups... Pasamos quizás cinco minutos hablando sin ver lo que acabábamos de hacer... Cuando volvemos a nuestro asiento es cuando sentimos la magia...
El ver que la mayoría de pasajeros llevaban un palito blanco en la boca, todos contagiados, desde niños hasta los que consideramos hoy en día "personas mayores", señores, adultos serios, jóvenes... Individuos de todas las generaciones con un chupachups en aquel tren. Ahora es cuando llegan las miradas cómplices y más sonrisas.. Sonrisas de todos los estilos, sin palabras... y cada sonrisa es una caricia al corazón, sonrisas de desconocidos... Una mujer de unos cincuenta años cuando nos ve pasar, lleva su chupachups en la boca y nos dice: "¡¡¡Muchas gracias, chicas!!!", y nosotras seguimos en nuestra recolecta de sonrisas imprevistas.
Los momentos mágicos son muy difíciles de explicar, al intentar contarlos se pierde un 99% de la magia, pero ese 1% lo dejaré aquí plasmado...
Esa magia de romper la rutina, de cambiarle la tarde a todos los viajeros de ese tren... La magia de esa tarde...
Aún tengo la piel de gallina cuando recuerdo aquel 30 de Junio... Gracias al Destino he tenido la suerte de sentir una vez más la magia correr por mis venas.
Según dice mi abuela: 'A nadie le amarga un dulce'. :)
Continuará...