Pasa cada vez más días, más días inesperados y a la vez estructurados.
Mi abuela me preguntó el otro día si seguía escribiendo, me quedé muda, no sabía qué responderle si un sí o un no. Aún no sé muy bien qué ocurre.
Si he dejado de escribir de verdad o solo es un momento. Estoy un tanto perdida, sigo perdida durante los últimos meses. Loca por amar, pero atada de pies y manos ante un nuevo beso. Sin ganas de arriesgar más, con ganas de arder la vida, todo son palabras.
La realidad es otra, vivo en un día a día monótono, una vida de adultos. En ocasiones escapo y vuelvo a vivir una aventura increíble cada día, vuelvo a encontrar canicas y cada día. Luego las dejo todas en un baúl, como cada recuerdo.
Y en un recuerdo me convertí, en recuerdo.
Entonces de mí queda una foto en blanco y negro. Una mujer que ya no está, una niña que formaba parte de un cuento.
Así funciona este instante, me sumo en un devenir de recuerdos que ya ni siquiera forman parte de mi piel, una suma de cicatrices en mis pupilas que hacen insensible mi piel. Eso es todo lo que me queda, 1,7 y pico metros de historias, piel llena de heridas. Ya no queda nada.
Ya no quedo.
¿Me llenaré?