jueves, 29 de diciembre de 2016

En el mundo perdido

Andaba sola por la calle, el sol, el viento y las nubes la perseguían.
Revolución del presente en su pecho.
Miraba de sol-sallo aquel hombre gris del tiempo.
Un caballero joven y atento.
Un ser que no tenía nada que decir con sus ropajes, tenía una mirada diferente, diferente a todas las miradas del resto del mundo.
Bailaba como un pingüino vestido de chaqué.
Respiraba lento, tenía voz leve pero intensa. Un colibrí del tiempo, un ruiseñor que siempre aparece a la misma hora en la que ella aparecía por su calle.
Toda la vida cruzándose.
Toda la vida girándose para mirar por dónde pisaron, con cuidado de que no coincidiesen sus huellas, no vaya a ser que tropezasen.
Ella era torpe y locuaz, de mirada atenta. Una niña de colores de primavera mezclados con la oscuridad clara de sus ojos: ojos color de noche de verano los de ella; los de él: de otoño.

Quién iba a decir de este mundo perdido que esos dos acabarían empañando los cristales de cada coche que conducían. Que iban a arrancarse las cicatrices en forma de orgasmo.
Pero hay colores que no son compatibles: ella se enamoró de su escala de grises; comenzó a destilar colores en cada beso mágico.

Él se asustó, se volvió tan neutro que los colores dejaron de existir en su mundo.
Convertía el rojo de los labios de ella, en el marrón de las hojas caducas de los árboles; convencido de que ella ya no era pasión ni presente. Nada más quería que se marchase.

Ella cada vez disparaba más colores, los sacaba fuera de sí. Disparaba estrellas fugaces, se deshacía al mirarlo como las acuarelas en un pincel mojado.

Intentaba hablar con la mirada; el silencio pesaba demasiado para dejar la voz salir a flote.
Paseaba, sin buscarlo, con la certeza de que en cualquier momento se encontraría con la escala de grises al otro lado de la acera.
Cómo explicar el aroma sin nombre de un hombre que no utiliza más esencia que la suya.
A ojos cerrados podía verlo, un aroma que como un veneno se cuela por cada poro de la piel.
Ella, usaba una poción transparente que él inhalaba como si de un soplo de vida se tratase.
Juraría que era amor, juraría que se hacían el amor a cada instante.
Juraría que preferiría entrar al manicomio de sus demonios para demostrarle, al hombre gris, que no estaba loca, que los colores existían de verdad. Que si creías en ellos podrías hasta tocarlos. Pero a ella ya no le quedaban por usar más palabras de colores ni de alma.
Que sabía que ese ser, al besarla veía todos los colores de ese amor, incluso los inventados...
Pero acabaron gritándose y jurándose odio eterno (sin beso), como todas las historias del mundo banal.
Por eso se quedaron en el Mundo Perdido, atrapados.  Él a tres manzanas de ella, ella a 500 pasos de él. 
Ella recogió un puñado de palabras  que le quedaban desperdigadas como caracoles tras la lluvia, cada paso era un crujido, doloroso y punzante. El color del sonido de la muerte de un caracol, es lo más cercano que encontró para explicar el fin de la historia.

Él no escuchó el crujido, no se dio cuenta de la existencia de ese pequeño e insignificante ser bajo su suela, pero ella sí.

Sintió impotencia, rabia, odio y asco. "Menudo imbécil".


Y supo entonces que hay pupilas envenenadas, ciegas a la vida y a la muerte.
Que prefieren vivir en blanco y negro en verano e invierno; en marrón y amarillo en otoño...  Y la primavera, en fin, es la mezcla de gris de la cana de su frente con el azabache del resto.



El hombre del tiempo desapareció, cuando los colores de ella ya no eran perceptibles.

Ella se convirtió en recuerdo.

Aquí, en este mundo tan aparentemente encontrado sus pigmentos son tan invisibles que se les da por muertos; al funeral asistieron el alcohol y los reproches.

El luto lo llevaban en la mirada.

Ella se sintió inmensamente triste por la muerte del caracol.

Él, un imbécil convertido por la ceguera: inocentemente, quizás, no se dio ni cuenta.

martes, 27 de diciembre de 2016

Ya te he olvidado.

Me digo, me miento.

Intento mentirte al gritarlo.

Susurro en el brillo de mis ojos que no es así.

Te grito.

Te grito tan muda que me asusta.

Y te odio.

Te odio tanto que duele.

Miro el movimiento de mis manos, lentas.

No saben muy bien ni qué decirte...

No tiene sentido odiarnos tanto.

Sin embargo, tendrá sentido no tenerlo.

Ya te olvidé, cuando me olvidé de cómo reconocerte.

Frío.

Diciembre cae de un plumazo sobre el alma.
Frío.
Congela a su paso el incendio de la ilusión.
"La masturbación es un mero trámite para olvidarle" gritan sus orgasmos.
Tras cada farola el vaho se densifica en reproches.
Leña mojada para encender el odio, de un sentimiento que ni el enfado aplaca.
Entregarse más discutiendo con quien amas, que haciendo el amor con quien quieres.
Pero un buen pintalabios puede hacer aparecer las mejores sonrisas.
Que hay días en los que mantener la máscara de ojos intacta es más importante que dejar que las palabras se hagan lágrimas.
En Navidad los abrazos de cristal están de moda: si aprietas mucho se ropen, el roce corta; si los miras no ves ni tu reflejo, solo el del pasado; pero brillan como si fuesen fuertes y transparentes, limpios y eternos.
En Navidad todo se convierte en fino cristal, de pequeña rompí tantas copas que ya perdí la cuenta; ahora rompo los cristales de todas las ventanas para ver mejor las estrellas. Dicen por ahí que romper las copas da buena suerte, abrir ventanas rompiendo cristales supongo que será para que tanto tribalismo vuele.

Pero luego llega el caos cuando choca el cristal contra el diamante.

Supongo que será por amar siendo más diamante que cristal, por tener pupilas imposibles de arañar.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Puede que te siga mirando.

Puede que te siga mirando si te encuentro, que tantas veces me he perdido en la vida que la encuentro por las esquinas cada noche que se acaba el mundo.

Que me he reinventado, caído y destrozado.

Que los días más señalados traen las mayores catástrofes.

Y ya está bien de parar el tiempo por decirle a un tren que no se estrelle.

Que los trenes pasan, pasan tanto y tan rápido que queman de querer acariciarlos.

Que no tengo sueño, que tengo estrellas en cada beso.

Que si las meto en tarros de cristal será para cuando te olvides de mí, que te quede un universo en tarros de miel.

Que no podrás olvidarme aunque quieras.

Y seguirá la primavera siempre aunque le prendamos fuego a todos los bosques.

Que parece que si no arde todo, no existe el fin.

Y, sin embargo, cada fin trae consigo el mejor de los principios.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Un cielo en mis párpados.

Cierro los ojos y puedo ver un cielo lleno de estrellas.

Puedo, verlo.

Están dentro de mí, pintan mi mente.

Me hacen ser.

Soy un universo de estrellas, dentro de mi mente brillan.

Un cielo lleno de estrellas...,

Música para encontrarme siempre cuando más me echo de menos.

Me pregunto si podrías verlo tú también, si podría darte mis ojos.

Si podrías sentirte como me siento.

Como un mar en calma, la orilla de un océano de prisas.

Una playa desierta donde perdernos, lejos de nosotros mismos.

No ser nada más que dos universos perdidos para el resto del mundo, indescubiertos pero encontrados como América, por casualidad.

Un cielo de estrellas en nuestros párpados cerrados, tan cerca... tan inminentes.

Una nebulosa de humo sobre la ciudad que nos habita.,

Ser...

Luchar contra la realidad

 Estoy a un paso de volverme loca de remate.  Las cosas que no encajan, los mensajes que no terminan de ser resueltos, las dudas infinitas. ...