Andaba sola por la calle, el sol, el viento y las nubes la perseguían.
Revolución del presente en su pecho.
Miraba de sol-sallo aquel hombre gris del tiempo.
Un caballero joven y atento.
Un ser que no tenía nada que decir con sus ropajes, tenía una mirada diferente, diferente a todas las miradas del resto del mundo.
Bailaba como un pingüino vestido de chaqué.
Respiraba lento, tenía voz leve pero intensa. Un colibrí del tiempo, un ruiseñor que siempre aparece a la misma hora en la que ella aparecía por su calle.
Toda la vida cruzándose.
Toda la vida girándose para mirar por dónde pisaron, con cuidado de que no coincidiesen sus huellas, no vaya a ser que tropezasen.
Ella era torpe y locuaz, de mirada atenta. Una niña de colores de primavera mezclados con la oscuridad clara de sus ojos: ojos color de noche de verano los de ella; los de él: de otoño.
Quién iba a decir de este mundo perdido que esos dos acabarían empañando los cristales de cada coche que conducían. Que iban a arrancarse las cicatrices en forma de orgasmo.
Pero hay colores que no son compatibles: ella se enamoró de su escala de grises; comenzó a destilar colores en cada beso mágico.
Él se asustó, se volvió tan neutro que los colores dejaron de existir en su mundo.
Convertía el rojo de los labios de ella, en el marrón de las hojas caducas de los árboles; convencido de que ella ya no era pasión ni presente. Nada más quería que se marchase.
Ella cada vez disparaba más colores, los sacaba fuera de sí. Disparaba estrellas fugaces, se deshacía al mirarlo como las acuarelas en un pincel mojado.
Intentaba hablar con la mirada; el silencio pesaba demasiado para dejar la voz salir a flote.
Paseaba, sin buscarlo, con la certeza de que en cualquier momento se encontraría con la escala de grises al otro lado de la acera.
Cómo explicar el aroma sin nombre de un hombre que no utiliza más esencia que la suya.
A ojos cerrados podía verlo, un aroma que como un veneno se cuela por cada poro de la piel.
Ella, usaba una poción transparente que él inhalaba como si de un soplo de vida se tratase.
Juraría que era amor, juraría que se hacían el amor a cada instante.
Juraría que preferiría entrar al manicomio de sus demonios para demostrarle, al hombre gris, que no estaba loca, que los colores existían de verdad. Que si creías en ellos podrías hasta tocarlos. Pero a ella ya no le quedaban por usar más palabras de colores ni de alma.
Que sabía que ese ser, al besarla veía todos los colores de ese amor, incluso los inventados...
Pero acabaron gritándose y jurándose odio eterno (sin beso), como todas las historias del mundo banal.
Por eso se quedaron en el Mundo Perdido, atrapados. Él a tres manzanas de ella, ella a 500 pasos de él.
Ella recogió un puñado de palabras que le quedaban desperdigadas como caracoles tras la lluvia, cada paso era un crujido, doloroso y punzante. El color del sonido de la muerte de un caracol, es lo más cercano que encontró para explicar el fin de la historia.
Él no escuchó el crujido, no se dio cuenta de la existencia de ese pequeño e insignificante ser bajo su suela, pero ella sí.
Sintió impotencia, rabia, odio y asco. "Menudo imbécil".
Y supo entonces que hay pupilas envenenadas, ciegas a la vida y a la muerte.
Que prefieren vivir en blanco y negro en verano e invierno; en marrón y amarillo en otoño... Y la primavera, en fin, es la mezcla de gris de la cana de su frente con el azabache del resto.
El hombre del tiempo desapareció, cuando los colores de ella ya no eran perceptibles.
Ella se convirtió en recuerdo.
Aquí, en este mundo tan aparentemente encontrado sus pigmentos son tan invisibles que se les da por muertos; al funeral asistieron el alcohol y los reproches.
El luto lo llevaban en la mirada.
Ella se sintió inmensamente triste por la muerte del caracol.
Él, un imbécil convertido por la ceguera: inocentemente, quizás, no se dio ni cuenta.
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