Vivimos con demasiada prisa, queremos tenerlo todo ya, de lo que sea fuere para ayer.
Queremos vivir la vida plena pero corriendo, vivirlo todo sin pararnos a ver si realmente lo que estamos viviendo es lo que queremos.
No tenemos tiempo para aburrirnos, para crear en el vacío, para llenar de nosotros la esencia. Para sentarnos a mirar.
Viajamos, bebemos, comemos, besamos, volvemos y pocas veces nos sentamos a vivir sin prisa, queremos estar bien ya, queremos pareja ya, una casa, un coche, curarnos, sentirnos ya, conocernos ya...
Cuando todo conlleva un proceso que hay que transitar, las prisas nos rompen, nos destrozan, nos atrapan.
¿Qué pasaría si parásemos? ¿Qué sucedería?
Cuando, sin embargo, cuando empezamos a vivir de verdad es cuando todo se para, cuando toca mirar el nuevo camino que nos toca por andar, cuando toca ver los pasos exactos que tenemos que dar hasta donde queramos llegar.
Pero si no tenemos tiempo, si tenemos tanta prisa, por desgracia tropezaremos una y otra vez.
Hasta que aprendamos a caminar sin prisas.
Y vivir sin pausa.