Llegas en un momento, haces chas y apareces. "Como si no nos conociésemos, como si no estuviésemos vivos".
Entonces sufro la muerte más placentera en un instante, tus ojos me miran, una galaxia entera explota en mi pecho y llena de estrellas cada arteria de mi cuerpo, por las venas se desliza tu aroma, en los capilares tu risa. Cada minúscula célula de mis mil millones que me forman se ahoga por un instante de tu presencia; de encontrarte tan cabal y desconocido.
Me inundo de oxígeno de golpe para no morir... y te respiro. Tu calor, de lejos, con solo mirarte me abrasa la piel, pero no quema.
La casi muerte de un instante en el preciso momento en el que vuelves a recordarme, que dentro de mi ser habita un minúsculo universo, que nació con aquella estrella fugaz de verano, hace apenas otro instante.
Me miras, te miro y desaparezco.
Me miro, casi transparente en el reflejo de tus ojos.
Desapareces de nuevo, y yo aún intento salvarme de esta tormenta que me causa tu presencia.
Una tormenta galáctica y ruidosa, como una carcajada a plena luz de la luna.
Como caminar pisando los charcos de tu calle, intentando salpicarte con un poco de locura.
Pero entonces vuelves: tan cuerdo, tan formal... y yo, tan loca: muero, de nuevo, en un momento al ver que de nada sirvió la explosión de un universo entero, que en el mundo de los feos, fuertes y formales, eso de nada vale...
Tales que no se paran ni cinco minutos a mirar, a reír hasta que estalle el alma.
Que no puedo convencerlos a ellos también, que están ciegos de rutinas y formalidades. Que se volverían locos con un ápice de vida del universo que pueden crear dos miradas que se cruzan y se evitan.
Una hecatombe de la que nadie se libraría.
De no ser porque yo ya soy una loca readmitida en la sociedad, con la excusa de que es una niña.
-¡Já! Ingenuos todos, no tienen ni idea de la que se avecina.