Llevamos el duelo por dentro de todas las cosas que quedaron a medio y no tenía sentido sacar a luz.
Siempre a merced del destino, enlazando mis latidos a la deriva y dejando para después el ser valiente.
A veces sigo escuchando un tintineo de cristales dentro de mi pecho, ya apenas me encuentro en otros cuerpos y hasta hacía unos meses no me ilusionada como con el Ginger.
Soñaba, en silencio y con mi duelo, con parar el destino y jugar las cartas. Poner mi esencia y mi lugar en el ruedo.
Pero otra vez no... Tarde.
No me responsabilizo del fracaso, pero sí de mi pena.
Reconozco ahora el amor que sentí, puro e ingenuo... Inverosímil como una caja de música pero real como las vibraciones que entran por tus oídos.
Crecer sigue aprendiendo a despedirse... Esta vez de una ilusión, de las de cuarentena.
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