A: *te mira *
A: ¿Cómo te llamas?
B: No estoy muy segura..
B: Creo que Encarna
A: No te creo...
A: Me recuerdas a una ciudad
A: A Babilonia
A: Con sus torres altas que hacían estremecerse hasta a los dioses del río Eufrates que envolvía la ciudad...*te recorre las piernas*
A: Sus jardines llenos de cada planta que el hombre conociera y admirara...*te acaricia el pelo*
A: Sus joyas que mostraban al más miserable la belleza del mundo, que no había fortuna para comprar *te roza alrededor de los ojos *
A: Sus sedas, tan suaves que las doncellas lloraban al tacto cuando se ponían sus vestidos * te palpa los brazos y las muñecas*
A: Y sus fuegos azules, que daban calor hasta al más pobre de la urbe *te roza el interior de los muslos*
A: De verdad no eras tú?
A: Quizá me perdí.
A: O quizás te perdiste tú, Babilonia, y yo te encontré
A: No sé...
A: *cierra los ojos y apoya la cabeza en la pared*
B: *se despierta lentamente, te besa con cuidado *
B: Babilonia... estaba en ti... porque tú supiste encontrar el arte que había tras mis murallas, ponerle nombre y recorrerme de principio a fin marcando de magia cada huella que tus pies dejaron.
B: Te amo.
Sólo un chico de artes ve una ciudad en un cuerpo, al igual que Marte habita en sus ojos y las ciudades arden cuando el viento roza su pelo. Él toma mi mano y me saca a bailar por los adoquines de nuestras capitales; el centro del universo se enciende.
Y yo, más pequeña que nunca, me siento en sus rodillas y él me acoge suavemente.
Sabe que vendrá un vendaval que cerrará las puertas de Babilonia en cualquier momento, por eso le canta una nana para que duerma su niña, para protegerla de los vientos del Norte... para que cuando al amanecer, cuando vuelva a ser mujer, no olvide que sus laberintos no eran sendas tenebrosas... sino galerías de arte.
Gracias, amor.
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