Ella iba de vestido negro, él de camisa blanca. Una pareja ideal en una noche aquella. Acompañantes improvisados, una complicidad sin igual.
Las risas iluminaban la noche, las caricias como un desliz se asemejaban a la brisa de un atardecer en agosto.
Era genial, él la abrazaba, le tomaba la mano, bailaban sin querer, se miraban como si fuesen a ser eternos.
Era genial.
Llegaron los aplausos y desaparecieron, se escaparon a cenar con complicidad y sin prisas. Brindaron y siguieron disfrutando de la vida. Pasearon y saludaron al mundo.
Luego llegó la despedida, ella lo acercó, él se acercó más. Sonó una canción en el coche de él y se enfrentaron desafiantes, la solución: un beso.
Se besaron, ardieron la vida. Pasaban los minutos entre sus labios, besaban las horas con sus lenguas.
Pintaron con sus besos cada una de las estrellas del cielo.
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