Lo miré con alevosía, pasaron los últimos meses como quien únicamente se dedica a tachar días del calendario.
Esperaba una señal del universo, del destino, de alguna postal o una llamada al timbre de casa.
Todo me aceleraba el corazón cada vez que existía la más mínima posibilidad de volver a encontrarme en sus ojos.
Sin embargo, cuando lo encontré por fin no me encontré.
El mayor castigo fue el olvido en un recuerdo, la parte que desaparece de esa magia causal que nos encontraba junto al atardecer.
Había olvidado cómo reconocerle, ya nada era igual, seguía siendo él pero ya no significaba ese él.
En mi interior sentí un pequeño hilo de cristal rompiéndose, un tintineo.
Había llegado el olvido que tanto temía, los días vividos estaban grabados en mi memoria pero ya nada podría volver a vivirse.
La condena del tiempo, que no perdona las vidas ni el dolor ni la alegría.
Yo en esta ocasión aprendí que lo que consideraba un castigo era un favor del universo.
Aunque siempre guarde el recuerdo por si dicen que fue un farol.
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