Los días han pasado rápidos y fijos, el síndrome vacacional coincidiendo con una vida rápida ha dado lugar a que el tiempo se detenga y todo suceda de una forma diferente.
Me halló frente al mar, en una terraza acristalada donde frente a mí tengo la inmensidad del mar mediterráneo, ruge y con el viento quiere llevarse todos los ecos del pasado, de la rutina. A mi espalda hay otro mar. El lugar específico se llama La Manga del Mar Menor, una carretera infinita de varios kilómetros conectada por un puente que separa dos mares, uno rápido y bravo y otro fijo y sereno.
Hace sol, yo no quería venir de vacaciones porque para mí parar significa vértigo, tiempo para pensar en todo aquello que la rutina no te deja.
Conclusión: todo está bien, era necesario... Y el mar mece el alma como a un niño pequeño la cuna.
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