Dolía y gritaba, no dejaba correr la sangre.
Un ictus de sufrimiento a cada instante.
Parálisis en las comisuras y los labios.
Mierda entre los dientes de los besos llenos de mentira.
"Adiós" le dijo, escupiendo la mierda al suelo y dejando que la piedrecita atravesase el pecho.
Ahora queda un hueco en la piel y dentro del pecho, pero todo duele menos.
Sonríe y la sangre corre caliente por sus arterias.
Así sí es vivir.
Se perdonó y le dijo un "Adiós" que pesaba más que un yunque, en una lámina de hierro escribió de testamento "ya no más te quieros". Y se marchó, lejos, muy lejos. A un lugar donde nunca más volviera a encontrarla.
Tenía una piedrecita en el corazón, peor que la china en un zapato.
Le dejó la china con sus besos, manchada de rojo sangre de sus labios.
Y se marchó a curar las cicatrices con agua de mar y sonrisas. Se tumbó al sol de un nuevo día y le susurró a la vida: "Tenías razón, el peor te quiero del mundo es aquel que se dice entre mientras".
Y soltando las promesas atadas en cometas se liberó del dolor de un amor que era de todo menos esas exactas cuatro letras.
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