Ya no tenemos 17, ya no tenemos esa inocencia desmedida, esa ilusión a bocajarro, esos pies sin miedo a tropezarse.
Ya no tenemos 17. Por desgracia o por suerte, pero el sol ha seguido apareciendo cada día sin que nada se lo impida.
No tenemos 17, ni volveremos a tenerlos numa. No volveré a tener 19 cuando pasen dos meses ni los mismos exactos días que tengo hoy. Mañana será uno más o uno menos, prefiero sumar ante esa disyuntiva.
Ya no tengo 17, ya no existe ese teníamos. No me encuentran tan desnuda, ni tal ilusa ni tan creyente. Sigo siendo una niña, sí, pero ya no son los dulces 17.
Tú no existes, aquella de mí algún día tampoco.
Quizás sea una mujer más madura, más ocupada, con otras preocupaciones, con otro ritmo.
Crecer era otra historia distinta de la que nos contaron, quizás por eso esta crisis de los veinte.
Esta crisis de sentir que el tiempo pasa, que nadie es indiferente a la vida.
Sin embargo, merece la pena, echarle esa chispa, esa magia; la calderilla de los sueños que ahorré.
El dolor del trabajo en los músculos, la responsabilidad del futuro.
Pero esa pequeña fe en lo ensencial sigue intacta, la llama sigue viva.
Hace viento, el aire se revela contra la quietud, pero falta ese impulso, esa coincidencia y todo volverá a arder con ansia.
El incendio del amanecer mañana, el beso escondido en la comisura derecha, el quizás y la integridad.
Íntegra, en mí.
En la elección de la calma, en el soltar los nudos que dejan marcas y respirar, que mañana llegará de nuevo la vida.
Que el amor no se escapa.
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