jueves, 1 de junio de 2017

El pañuelo perdido,

Hola, caballero:

Te escribo esto hoy que me he acordado del pañuelo que perdí, bueno para serte sincera quizás no me he acordado únicamente hoy pero me parece una buena excusa.

Parece que no ha pasado nada de tiempo, pero a la vez ha pasado el suficiente como para que la vida haya cambiado demasiado.

Ya se pasó esa emotividad desmedida, esa zalamería y ese juego de hacer magia por los rincones.

He de serte sincera, y no intentar adivinar más de lo que ya intenté.

Intentaba ser más fuerte contigo de lo que de verdad era, intentaba obviar que me habías cambiado en parte, al igual que intentaba apostar cartas de una manera sutil, pero desde la retaguardia, aunque me enfrentase cara a cara a ti.

Creo que contigo es con quien más silencios he guardado en toda mi vida, y ni siquiera aquí me he atrevido a desnudarles.

En este tiempo he aceptado mil errores que yo misma negaba, sobre mí, sobre mi vida.

He dejado de verlo todo tan ideal, para verlo más adulto.

No era una niña grande, era una niña pequeña; y la incongruencia llega cuando vives en una sociedad de adultos más que de adolescentes.


Tocaba crecer, tocaba crecer y yo no quise verlo.

No quise entender que a veces lo único que necesitas es no pensar tanto, no analizar tanto, y no jugar tanto a tensar cuerdas mentales hasta agotarnos y cortar la cuerda con unas tijeras de plástico, haciendo más daño en el proceso de cortar que en el corte en sí.

Quizás por eso aún hoy te escribo, cuando he invertido semanas en intentar entender qué era todo, todo lo que en mi vida me ha traído hasta aquí.

No sé nada de ti, eso es lo complicado, no te conozco apenas. Porque ya no confío en los recuerdos, ya que ellos solo daban forma a mis cuentos. Pero la verdad, es que a pesar de que he intentado reescribirlos hay partes que no hay manera de transformarlas, que siguen intactas.

Y, por eso mismo, quizás deba escuchar un poquito más y hablar un poquito menos.

He de confesarte que una fuerza sobrenatural me impide volver a ese páramo, he pasado por allí, pero ni la inspiración, ni el color, ni la concentración, ni el olor son los mismos. Es lo que tiene vivir momentos tan diferentes y que de golpe todo vuelva a una escala de grises, neutra y sin música ni silbidos.

He caminado descalza, he caminado tanto que he conseguido encontrar algo de significado a mis huellas y entender que la parte de mí que conociste, no era del todo yo. Había una parte escondida, como la excusa de aquel pañuelo para una próxima cita.

También he de decir que he vivido, que he viajado por aquí a otros lugares, que he conocido un poco más esas cicatrices que gritaban en mi cuerpo y yo disimulaba.

La vida no es tan fácil, ahora soy yo la que llevo semanas encerrada en mí misma, en contacto con el mundo pero oxidada, desafiante.

He decidido quitarme filo, dejar la armadura colgada en los barrotes de la cama y ser sincera con todo lo que esconde mi piel y mi pelo rizado.


Sé que por la vida, no volveré a encontrarte a menos que tú quieras. Que si hago memoria de la última vez que te vi un sabor amargo aparece. No me entiendo, y no he sido capaz de seguirnos el hilo.

Quizás ya tampoco quiero entenderlo, que hay ciertos enigmas que son bellos por el simple hecho de ser una incógnita.


Ya se me pasó la rabieta del pañuelo, de no tener respuestas, de querer saberlo todo en bandeja de plata.

Ya se me pasó la rabieta porque había ciertas cosas que ni yo sabría qué responder.

Quizás ahora sería más sencillo, más sencillo afirmar y reconocernos. Más sencillo discutir sin escondernos, por miedo a que descubramos algo de nosotros mismos que nos dé miedo a encontrar.

Lo que nos hace únicos en la vida son los errores que cometemos, los rincones que encontramos y los cafés que compartimos.

No hay más, me resumo en eso. Me resumo ya no tan histriónica y más humana. No era para tanto, pero sí era suficiente para escribirte.


Espero volver a encontrarte, sin tensión y sin reproches.

Porque un insignificante pañuelo ha dado mucho que escribir, y si lo hubiese perdido podría haber culpado al destino. Pero esta vez fue más una causalidad que casual, y con eso basta.

Ya no intento entender, solo quería que supieras que quizás hablé demasiado rápido mostrándome de menos.

Que quizás te diga más ahora que en todos los otros meses, y como decía Peter Pan: "crecer es aprender a despedirse".

Me despido por ahora, con la calma y un sentimiento extraño que no ha desaparecido del todo, pero es bonito tal cual.

¿Sabes lo único que odio de la vida adulta? Que a veces olvidamos la sinceridad de los niños, nos sentimos indefensos ante estupideces y valientes  cuando  podemos escondernos.

Intentaré no esconderme más, quizás tenga algo de hipermnesia... por eso quizás viva con recuerdos de más, en este lugar donde habitan.


Todo acaba, supongamos...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Luchar contra la realidad

 Estoy a un paso de volverme loca de remate.  Las cosas que no encajan, los mensajes que no terminan de ser resueltos, las dudas infinitas. ...