sábado, 23 de febrero de 2019

Chin-chin de dientes.

Ahora lo tengo claro, los dientes que se encuentran en un beso por casualidad son los que llegan al alma.

No son besos torpes, significa que por un instante hemos vuelto a descubrirnos en un beso como niños, las ganas, el no pensar, el querer que un beso fuera eterno y entrar, moviendo suavemente los labios hasta el final del beso, o principio.

Digo principio, porque cuando se chocan los dientes en esa pequeña conexión de unos instantes algo se acciona, un pequeño duende revolotea en el aire.

Acaricias a la otra persona y ella te atrapa dejándote totalmente libre.

En esos besos en los que se chocan los dientes los relojes dejan de tener sentido, se crea un campo magnético tan fuerte que entramos en una dimensión paralela al mundo de los mortales.

En los besos de esos, los labios se convierten en actores de una historia de palabras, las emociones empiezan a escribirse en la piel, la atmósfera se llena de estrellas fugaces de besarnos las pestañas.

Solamente estoy hablando de un beso, un beso en el dos dientes chocaron.

Y parece una tontería escribir tanto por ese pequeño detalle, pero en los besos de verdad los dientes chocan, porque hemos dejado de medir distancias... como si dos de nuestros átomos hubiesen estado años esperando para encontrarse.

Nuestros labios acogen la eclosión del universo.

Y entonces ocurre que quieres quedarte a vivir en ese beso.

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