Ni está él, ni siquiera existe.
Ni estoy yo que ni siquiera siento.
Pasan los días con un tic-tac rutinario, nos roban horas del tiempo, y vivimos sin él.
Nos llenamos el cuerpo de dudas, comemos los segundos con miedos.
Y cuando llega el final estamos vacíos e inertes.
Y nada queda después, y afirmamos que nada hubo antes.
Y seguimos como si nada, cada vez con menos vida en nuestras pupilas.
Y cada vez con más imbéciles pretextos para protegernos.
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