Tenía entre los dientes un sabor extraño, era algo así como el sabor del olvido y el sabor del amor a partes iguales: agridulce.
Me miró de nuevo, entre tanta gente nuestras miradas se cruzaron por un instante y volví a sentir el miedo de saltar al abismo de un amor que me rompió en mil pedazos.
Tenía un amor entre los labios y el pasado entre los dientes.
El nuevo año había llegado con fuerza, cambios en la piel y nuevas arrugas de estar escondida en la trinchera.
El amor que tenía entre los labios me llevó a ver las luces de Navidad, y encendió mi alma, sabía que desaparecería pronto pero aun así amé.
El amor que tenía entre los dientes me hizo morderme la lengua de los nervios y de las palabras que siempre se quedaron a medio.
Me acordé entonces de él viaje que hicimos hace 12 años a Asturias (Norte de España) hacía frío en pleno agosto y las vacas pastaban libres por los campos, se les veía pequeñas e inocentes, pero cuando nos acercamos a una un poco más pudimos ver la inmensidad de ese animal, también sentí miedo.
Mi padre me enseñó a acercarme a ellas dejando que fueran ellas las que vinieran a mí, lo que no sabía en aquella época, con tan sólo 10 años, es que ese aprendizaje sería para toda la vida:
"El amor tienes que dejar que te encuentre, aunque te mueras de miedo, aunque puede que salga corriendo."
Los labios entienden de eso, los dientes creen entender pero no leen los labios ni los besos.
Un placer,
La Última Romántica
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