Los días.
Días intermitentes, difusos, despiadados.
El dolor sana y cura la herida que sangra.
La brecha del infierno en mis sienes, de tu infierno.
Dolor, de sentirme un cuerpo inerte.
Mis curvas y mis cicatrices, todo desordenado.
Caer.
Temblar.
Llorar.
Doler.
Verbos en el infinitivo de tu desamor.
Decepción: recordar tu mirada y los días de arte.
Angustia, un gato en mis vísceras recordando la traición de una espada que no dudó en clavarse en mi pecho.
Las cuchillas de tus manos rajando mis pechos.
El sudor de la mentira recorriendo mi cuerpo.
Más suicio que el sexo.
Más ruin que la impasividad de tu ser ante el asesinato.
Degollados andan los días del pasado por las tinieblas de nuestra historia.
La masacre mundial.
El crimen perfecto, de aquella niña que nunca más seré.
De aquel niño que creyó que su armaduras de palabras y su espada en busca de sangre caliente, sería capaz de protegerlo de la justicia de la vida cuando se hiciese hombre.
La soledad más peligrosa es aquella en la que jamás podrás confesar la verdad de la batalla en la que los dos bandos perdieron.
La soledad más peligrosa es esa que nunca abandonará tu alma:
La verdad.
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