Lo que más me cuesta es dejar de ser tuya.
Tuya, las veces que te susurraba confesando mi ser entre tus brazos.
Tuya, enteramente tuya. Desde mi mirada a mis orgasmos.
Tuya...
Tuya hasta el aliento, la lágrima, el beso.
Tuya todo lo que dejé de ser mía, el regalo más grande que hice en el mundo, en dos palabras: soy tuya.
Tuya:
Convencida, segura, sincera.
Era tuya cuando era feliz, triste, loca, bipolar.
Tuya con mis canciones, con mis poemas.
Tuya en mis idas y mis vueltas...
Enteramente tuya, ¡joder!
¿Cómo no te diste cuenta?...
Pero no era tuya y mía a la vez, era un tuya entera. Y ahora, que soy tan mía, que tú ya no me haces tuya. Duele el sinsentido de esa palabra, duele el recuerdo de ser tuya o mejor dicho de dejar de serlo.
El recuerdo de que dejé de ser serlo, la desorientación de ser tan mía.
De ser dueña de mis abrazos, de mis besos, de mis orgasmos.
Y me abrazo, me beso, me orgasmo y me verso... porque ahora soy mía... pero veces llega la lluvia, para recordarme que ahora soy mía y entonces me lluvio....
Sudo tinta y escupo versos, atragantados, torpes y necios.
Intentando explicar sin palabras el caos que significa volver a ser mía, echar de menos ser tuya... y sentir a la vez cómo me echaba de menos.
Interesanto explicarme cómo poco a poco fui dejando de ser tan tuya a cada vez ser más mía.
Cuando una vez te confesé que sería tuya por siempre...
Pero ese siempre implica un nuevo mía.
-Incongruencias que duelen-
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