Vivimos en ritmos circadianos de menos horas que las 24 obligatorias, sumamos 30 vidas en cada sueño y luego volvemos a la rutina con la certeza de que «no tenemos tiempo».
Se nos olvida que podríamos parar el mundo en un instante, que tenemos el poder de la revolución en la punta de nuestros dedos.
Que los silencios existen para llenarlos de emociones, olores y pensamientos que no podríamos llegar a definir, ni con mil besos de sobra.
Que nos machaca el tic-tac latente en nuestra mente, que nos ata y tensa.
Que cuando «tengamos tiempo» lo viviremos todo. Y luego, llega la triste realidad de que cuando tienes tiempo eso ya no tiene sentido.
Y entonces pensamos en que quizás la próxima vez invertiremos mejor las casualidades del destino.
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