Belleza indómita:
En ocasiones la piel esconde nuestro mayor tesoro: el tiempo. Vivimos rodeados de piel, la piel con la que conocemos el mundo que duele, gime, llora, ríe, ama... En definitiva: siente.
Pero olvidamos que esta piel es a su vez un lienzo en el que otras personas van dejando sus huellas y los días de sol radiante aparecen nuevos mapas por explorar, coordenadas de las constelaciones que nos llevan al cielo.
Llega un día, sin saber que ese día ha llegado, que de golpe te descubres en la selva de la sociedad, escondes tu piel de desconocidos bajo capas de maquillaje y telas finas, te conviertes en otra piel, una que no has vivido. Ese día te encuentran, desisten toda fachada con la sutileza de una serpiente trepando por tus rincones, abres los ojos y estás ante un espejo, otra piel, sin nada que esconder con todas sus historias incandescentes la belleza de la pureza te abruma, quieres tocar esa piel, conocerla, sentirla, agarrarla, pero es a ti a quien descubren.
Descubren que todo lo que escondías es una obra de arte convertida en historia, es tu historia.
Y como quien visita un museo entra en la salvaje selva de otra piel...
Mi piel en este caso está repleta de estrellas fugaces y cada vez que un visitante se acerca me vuelvo incandescente.
Cada vez que descubro una piel una nueva estrella aparece en la mía... Y yo, curiosa por naturaleza, comienzo la expedición por la naturaleza de su historia, lo salvaje de la esencia del ser que esconde una piel si aprendes a sentirla.
La osada belleza del vivir en un instante infinito pero tan efímero como la exactitud de la chispa de esta estrella que acaba de grabar en mi piel un suspiro.
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