GIRAR:
La mezcla del sol con el mar, el viento y la arena, la sal y la piel húmeda.
Esa sensación que se siente los verdaderos días de verano, la calma.
Mi alma había vivido con prisa el año anterior, mucha prisa.
Vivía con el piloto automático en modo supervivencia, sobrevivir es una palabra que suena a casi derrota, pero en mis últimos días era la única forma de mantenerme a salvo de los naufragios de la sociedad.
Sobrevivir: por encima de la vida pero sin tocarla.
Mi alma vivía en una batalla constante con el tiempo, la clave era intentar adivinar todos los giros de la vida para evitar que el corazón latiera más fuerte de la cuenta.
La cuenta de los latidos que en su día sobrepasaron la barrera de sonido del universo en aquellas situaciones que el resto de mortales llaman amor.
En la orilla del mar, la chica que siempre tenía prisa, ahí estaba.
Porque si es rápido el dolor es seco, algo se rompe pero no deja astillas.
Así viví este último año.
Hasta que cerré los ojos y todo mi ser comenzó a girar como si la arena me atrapase y me llevase al centro de la tierra.
Sentí una calidez extrañan, me olvidé de mí y solo recordaba lo vivido.
En mi piel aún se podía entrever unos ojos marrones de piel morena, me volvieron a encontrar y esta vez no tenía ni miedo ni prisa.
Todo estaba girando demasiado rápido, como cuando era pequeña y daba vueltas y vueltas sobre mí misma hasta casi volar y mi mente viajaba a otros cielos fuera de la gravedad.
Eso es lo que ocurre cuando alguien aparece, te coge de la mano y de puntillas lo encuentras en un beso.
Todo gira de nuevo.
En esa soledad del mar, en aquella orilla un recuerdo desveló mi calma, pensaba que tenía el control mi alma pero no paraba de girar y girar para que me despertara, porque en ocasiones la vida que soñabas la tenías a un beso de distancia.
Ahora tenía una certeza, tenía que volver a encontrar aquellos ojos marrones llenos de magia.
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