Le hemos dado a eliminar las historias que empañaron los cristales.
La pulsera en la palanca de marchas, un trozo de tutú azul, la moneda en el vaciabolsillos, una frase sobre las estrellas...
A lo largo del tiempo he visto cómo un instante se oxidaba, se desintegraba a la vez en forma de olvido.
He conocido más de un coche... quizás la suma no supere los tres, si negociamos no pasaríamos de cinco.
Pero al igual que los he conocido, los desconozco.
Los veo aparcados en la calle, abandonados en un esqueleto donde una vez hubo vida.
Pero la fiera se murió de hambre, le arrancaron las vísceras, se las comieron los buitres del qué dirán.
Y ellos te decepcionan... pero cada vez menos.
Y lo condenas en silencio a un olvido lento.
Olvido: mi segundo nombre aún sin registro.
Coches: objetos animados por historias de esas que las películas intentan hacer eternas.
Pero no...
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