miércoles, 5 de abril de 2017

Pre-despedida.

No sé dónde estoy, siento un paisaje siniestro pero hermoso, un vaivén de emociones desconcertantes.

Camino en mi, decido por mí y me deshago.

Soy un trozo de papel que se moja por la lluvia y no deja ser leído, soy una estrella fugaz en verano.

Ya no me encuentro ni siquiera al hablar de mí, pasan los días lentos y difusos, a la vez que cuando miro hacia atrás da vértigo la velocidad con la que todo cambia.

Todo cambia pero seguimos siendo los mismos, busco a cada minutos una respuesta nueva para esta sinrazón de vida, a un paso de la locura tal vez entre tanto fluir de pensamientos.

Navego por los mares que me encuentran y vuelo por el viento que ya no tiene nombre.

Ya ni mi nombre me designa, ni lo que he llegado a hacer, ni las despedidas.

Me acerco a una nueva despedida, a desprender uno de mis adjetivos en los cuales creía. Ya no quiero seguir y voy a despedirme en Madrid.

El domingo, cuando vuelva, seré un trozo menos. Suena demasiado dramático pero es verdad, por lo menos por un tiempo.

Conforme pasa la vida sé que lo más difícil es aprender a despedirse.

Incluso de algo que parece que no tiene despedida, ya no será una parte de mí cada día.

Lo más difícil es meditar sobre lo mejor... y si te das cuenta de que lo echas de menos, quizás sea el momento de volver en un futuro, pero por ahora ese colectivo no es mi sitio. Aunque tengan personas que me hagan querer pertenecer ahí para siempre.

Es difícil intentar despedirme, C E P,

Pero si no sé dónde me encuentro, no puedo pertenecer a ningún lugar.

Comienzo la despedida antes ni siquiera de hacer la maleta, es complicado intentar incluso entenderme.

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