Hoy desperté temprano y descansada, es extraño despertar en paz tras tanto caos,
el sol entraba dulce por mi ventana, acariciando mi cama.
La primera imagen que me llega a la mente es como si me mirase a mí misma desde fuera, una mezcla de piel y sábanas, una sonrisa al amanecer. Como si todas las personas de este mundo anoche fueron felices.
Anoche, anoche volvieron todos los fantasmas, lloré con mi madre sobre todo lo que no aceptaba que me había tocado vivir, sobre el amor que no entendía, el pasado que no se marcha y las guerras en el mundo.
Anoche estuve triste, pero miré al cielo lleno de estrellas y suspiré. Dejar ir suena tan bonito como difícil, suspiré y decidí que sólo metería en mi cama aquello que me provocase calma y una sonrisa.
Funcionó, hoy el amanecer era mágico, como si toda la vida se hubiese resumido en el canto de los pájaros que se ponen a bailar en el alféizar de mi ventana.
Me acaricio la piel caliente, abro la ventana y entra una brisa suave que me viste.
Los pájaros cantan y huele a primavera.
Y joder, parece que el mundo no tiene prisas, que no existe un reloj en el mundo capaz de detener ese momento.
Entonces vuelo, vuelo con la melodía de esos pajarillos que eligen vivir en mi ventana.
Y están ahí desde siempre, aunque nunca les pedí que se quedaran...
Hoy me arrepiento de cada mañana que me cantaban y yo iba tan sorda por las prisas que pensaba que no existían.
Hoy amanecí diferente, como si no tuviese miedo a volar.
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