Volvimos a cruzarnos sin mirarnos,
curiosa casualidad casi a propósito.
Gracias al cielo que me abrazaron.
Gracias a la vida que me hizo más fuerte y supe ponerme en la perspectiva necesaria para ser invisible.
Algo se remueve por dentro, el pasado que provoca un tsunami con tu presencia.
Ya no tienes olor que me perturbe.
Ya no existe mirada que me secuestre.
Ya nada queda de ese sinrazón motivo para volver a encontrarte.
No vuelven las canicas ni las causalidades.
Cada uno vive en un presente en el que ya nada existe.
Y yo le escribo a un ente invisible, al polvo que queda tras la incineración del tiempo.
No quedan ni las pisadas sobre la tierra fértil de nuestra juventud, ni los polvos de emergencia.
Ni las estrellas fugaces que te regalé con el único deseo de que fueses feliz, aunque en ese momento estuviésemos abrazados. Solo quería que fuese cual fuere nuestro destino, tú fueras feliz.
Parece que surgieron efecto.
Ya no te pido en las estrellas fugaces.
Ya no existes en cada suspiro.
Te escribo como se le escribe a un difunto al que amaste.
Que no existe resurrección que nos salve.
Que todos mis amantes tienen un pequeño atisbo de ti, pero no eres tú y eso en parte me salva.
Y hoy soñé que estaba al borde de una cascada, intentando no caer al vacío, toda la noche. Había tiburones y yo me paralizaba por el miedo, conseguía sobrevivir pensando en la belleza del tiempo, teniendo fe aún no sé si en mí misma o en el cielo.
Luego llegaba a una piscina inmensa, sin peligros pero seguía sin soltarme del borde... quizás debí nadar hacia el abismo...
Entonces aparecía mi abuelo, era la hora del baño de las seis de la mañana, entonces el sol comenzaba a salir y yo llegaba a los escalones. Un nuevo día empieza.
Y el miedo solo se convierte en el recuerdo de un sueño.
Sobreviví.
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